Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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No había vacilación, piedad ni reposo. El tiempo no existía ya; los días y las noches podían girar en su círculo ordinario y traer como siempre la mañana y la tarde, pero no se contaban ya las horas y se había perdido la medida del tiempo en medio de la fiebre ardiente que se apoderaba de todo un pueblo. De pronto, rompiendo el silencio insólito de la ciudad, el verdugo enseñó la cabeza del rey a los ojos de la multitud, y pareció que casi al momento exhibía también la hermosa cabeza de la reina, cuyos cabellos habían encanecido ocho meses de viudez y de miseria.

Y, sin embargo, en virtud de una ley cuyos efectos contradictorios se observan en semejantes casos, el tiempo adquiría una duración tanto mayor cuanto más rápida parecía su fuga. Un tribunal revolucionario en París; cuarenta o cincuenta mil comités revolucionarios esparcidos por toda la superficie del territorio; una ley de sospechosos que amenazaba la libertad y la vida de todos y entregaba la inocencia y la honradez a merced del furor y del crimen; las cárceles atestadas de individuos inocentes cuyas quejas no eran oídas: tal era el orden de cosas vigente, y su aplicación parecía antigua aunque apenas contara con algunos meses de existencia. Finalmente, dominándolo todo, una horrible figura desconocida hasta hacía poco, era tan familiar a todas las miradas como si hubiese existido desde la creación del mundo: la figura de una mujer afilada llamada Guillotina.


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