Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El buen hombre era indiscreto por carácter, y cuando Lucie, olvidando su presencia, observaba los tejados y las rejas de La Force, encareciendo su alma al preso, se lo encontraba con los ojos clavados en ella y con la sierra inmóvil en la madera.
—Pero ¿a mi qué más me da? —decÃa entonces él, y continuaba con ardor el interrumpido trabajo.
Acudió a la cita todos los dÃas con nieve y con hielo, con los vientos de marzo y abril, con el sol y las tormentas del verano y con las grandes lluvias de otoño y, cuando volvió el invierno, el hielo y la nieve la encontraron en el rincón de la calle sombrÃa y desierta.
Pasaba allà dos horas, y todos los dÃas al partir besaba la pared de la cárcel. Su marido pudo verla cinco o seis veces, y vislumbrarla otras dos o tres pasando; sacó partido, todo lo más, de quince dÃas, aunque ella habÃa ido todo el año. No lo ignoraba Lucie, pero bastaba que pudiera dejar de estar en su sitio en el momento en que la casualidad favoreciera a Charles para que nada le impidiera acudir a la cita. HabrÃa permanecido allà con lluvia o con escarcha, de la mañana a la noche, y lo habrÃa hecho todos los dÃas antes de ocasionar con su ausencia un disgusto al preso.