Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Pasos tumultuosos acompañados de ruidosas aclamaciones se aproximaron; Lucie sintió terror. Algunos minutos después la multitud salió de la calle contigua y rodeó la cárcel y la barraca que estaba arrimada a sus paredes. Quinientas personas, entre las cuales se distinguía en primera fila a la Venganza dando la mano al aserrador, se pusieron a bailar con el frenesí de cinco mil espíritus infernales; mujeres con mujeres, hombres con hombres, según los había juntado la casualidad. Les servía de música un canto popular cuyo ritmo feroz, rigurosamente observado por los danzantes, se parecía a un rechinar de dientes hambrientos. Al principio solo se veía una invasión de harapos y gorros frigios pero, cuando la plaza estuvo completamente atiborrada, se dibujaron en medio de la masa turbulenta ciertas figuras coreográficas que se le antojaron a Lucie el espectro del delirio en un baile desenfrenado. Avanzaban y retrocedían, se daban mutuamente golpes en la mano, se cogían de la cabeza, hacían piruetas cada uno por su lado, luego se juntaban y bailaban de dos en dos hasta que rodaban por el suelo la mayor parte de las parejas. Las que quedaban en pie empezaban a galopar en torno a las que habían caído, y la inmensa rueda se dividía en pequeños círculos de dos a cuatro personas que daban vueltas con vertiginosa rapidez. Se volvían a dar las manos, se cogían de la cabeza, se separaban uno a uno y dos a dos, y recomponiendo la rueda la hacían girar en dirección inversa. Hubo una pausa. Cada cual siguió el compás con estrépito; la masa se dividió en filas a lo largo de la calle, y los danzantes de ambos sexos empezaron a correr con la cabeza baja y las manos levantadas, lanzando espantosos alaridos. Ningún combate podía ofrecer un espectáculo tan desgarrador como esta diversión degenerada que pasaba de la inocencia a la embriaguez demoníaca, como este pasatiempo saludable convertido en un medio de excitar la sangre, de extraviar el alma y de endurecer el corazón. La gracia que no dejaba de tener lo hacía más feo aún, y demostraba hasta qué punto habían podido rebajarse y pervertirse las cosas más puras. Aquel pecho virginal, del cual estaba desterrado el pudor, aquella linda cabeza casi infantil, estremecida por la convulsión de una alegría rencorosa, y aquel pie delicado bailando con paso ligero en el cieno ensangrentado, representaban la demencia de aquella época desquiciada.