Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Así era el baile de la carmañola. Mientras la multitud se alejaba dejando a la pobre Lucie helada de terror en la puerta de la barraca del aserrador, la nieve caía con tanta calma y pureza como si todo fuera un sueño.

—Padre mío, ¡qué cuadro tan horrible!

El doctor Manette estaba al lado de su hija cuando esta alzó la cabeza y se descubrió los ojos que se había tapado con las manos.

—Lo he visto muchas veces, hija mía, pero no debemos temer, porque ninguno de esos hombres querrá hacerte mal.

—No tiemblo por mí, padre, pero cuando pienso que Charles está a merced de esa gente…

—Te prometo que dejará de estarlo muy pronto. Cuando me he despedido de él se dirigía a la ventana y he venido para avisarte. Estamos solos; puedes enviarle un beso a aquel torreón más alto que los demás.

—Lo hago con placer, padre querido, y le envío toda mi alma.

—Tú no puedes verlo, hija mía.

—¡Ah, no! —dijo ella, llorando, mientras se besaba la mano y miraba el torreón donde debía estar el preso.

Se oyó rumor de pasos en la nieve. Era madame Defarge.


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