Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¿Qué hacéis ahí? —gritó la robusta mujer dirigiéndose a los criados de la fonda—. ¿Por qué no vais a buscar vinagre en vez de mirarme como bobos? No soy tan hermosa para que os quedéis ahí pasmados. ¡Pronto! ¡Vinagre! ¡Un frasco de esencia! ¡Agua fría! —Mientras los criados corrían en busca de lo que se les pedía, la mujer del enorme sombrero colocaba a la señorita Manette en el sofá y la cuidaba con tanto cariño como destreza—. ¡Hermosa! ¡Querida hija mía! —murmuraba con voz conmovida y desplegando con orgullo la cabellera de la joven—. Y vos, caballero —exclamó volviéndose hacia el señor Lorry—, ¿no podíais darle vuestras noticias sin ponerla en este estado? ¿No veis su palidez, sus manos heladas, sus ojos muertos? ¿Así se porta un banquero con una niña delicada?

El señor Lorry, no sabiendo qué contestar en su turbación, apartó la mirada humilde y contrito, mientras la mujer hercúlea, que había vuelto a despedir a los criados, hacía volver en sí a la joven, y conseguía con sus caricias que apoyase la cabeza sobre sus fuertes hombros.

—Espero que se haya recobrado enteramente —murmuró el señor Lorry.

—No se debe a vos que el accidente no haya sido más grave. ¡Pobrecilla!

—¿La acompañáis a París? —preguntó el señor Lorry tras un nuevo silencio.


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