Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Hubo adioses y palabras amables, pero todo terminó muy pronto, porque era un incidente cotidiano al cual los presos se habían acostumbrado, y precisamente aquella noche la sociedad de La Force se preparaba para distraerse con juegos de prendas y hasta con un pequeño concierto. Todos se asomaron a las rejas para ver salir a los acusados, se derramaron algunas lágrimas por los desventurados que se alejaban, pero, como quedaban veinte puestos vacíos, era necesario llenarlos para que no se frustrase la diversión que tenían planeada. Por otra parte, se hacía tarde, y muy pronto vendría el alcaide a cerrar las puertas y a confiar la sala común y los corredores a la custodia de los carceleros del turno de noche. Esto no quiere decir que los presos fuesen insensibles; su indiferencia procedía de la situación en que se hallaban y de la índole misma de la época en que vivían, no de su dureza de corazón. La especie de fanatismo o de embriaguez que impulsó entonces a varias personas a desafiar orgullosamente a la guillotina y morir en ella no era una simple bravata sino el efecto contagioso del frenesí colectivo. Se ha visto en tiempo de peste que ciertos individuos se ven atraídos por el mal en medio del vértigo y desean la muerte, y todos tenemos misterios ocultos en nuestro pecho que necesitan para manifestarse una circunstancia que los evoque.



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