Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La necesidad de juzgar a los demás acusados liberó a nuestro amigo de las caricias del populacho. Acababan de comparecer ante el tribunal cinco presos acusados de enemigos de la República, con el cargo de no haberla ayudado ni con sus palabras ni con sus obras; y fue tal la rapidez con que los individuos del tribunal resarcieron al pueblo y a sí mismos de la absolución anterior que aún no había salido Charles Darnay de la sala cuando habían decidido ya que fuesen ejecutados en el término de veinticuatro horas. Uno de los condenados anunció a Darnay la sentencia levantando un dedo, el signo de la muerte en las cárceles, y los cinco añadieron con voz robusta: «¡Viva la República!».
A decir verdad, esta última causa no había tenido público que pudiera prolongar sus debates, porque el doctor y su yerno se hallaron al salir del tribunal en medio de una multitud considerable, en la cual reconoció Manette todas las caras que había visto en la sala, a excepción de dos personas a quienes buscó en vano con la mirada.
Después de que Charles saliera acompañado por el doctor, se renovaron las aclamaciones, las lágrimas, los gritos, los aplausos y los abrazos: el vértigo universal pareció llegar hasta el río y apoderarse del agua, enloquecida como el pueblo que estaba en sus orillas.