Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Después de comprar comestibles y una medida de aceite para las lámparas, la señorita Pross se acordó de que le faltaba vino. Inspeccionó, pues, todas las tabernas y se paró en la de Bruto El Buen Republicano de la Antigüedad, a dos pasos del Palacio Nacional (–antes y después— de las Tullerías). Reinaba en esta taberna una tranquilidad relativa y, aunque dominaban los gorros patrióticos, el interior estaba menos rojo que el de las otras tabernas que el aya había encontrado al paso. Habiendo consultado a Jerry, que fue de su misma opinión, la señorita Pross entró seguida de su escudero en la taberna sin hacer caso de los humosos quinqués, de los hombres que, con la pipa en la boca y el gorro en la cabeza, jugaban con naipes sucios o dominós amarillentos, ni del jornalero que, con los brazos desnudos, el pecho descubierto y la cara ennegrecida, leía en voz alta el periódico; sin mirar a los que le escuchaban, ni las armas que llevaban los bebedores o que estaban arrimadas a la pared; y, sin ver tampoco a los dos o tres hombres que, tumbados en el suelo y cubiertos con la chaqueta negra y peluda que era entonces de moda, parecían enormes perros de presa dormidos.





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