Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Mientras el tabernero llenaba las botellas, un hombre sentado delante de una mesa al otro lado del local se despidió del compañero con quien había bebido y se dirigió hacia la puerta. Para salir había que pasar cerca del mostrador y, cuando llegó a él, la señorita Pross cruzó las manos y profirió un grito.

Todos los clientes se levantaron al momento. Pensaron que acababan de asesinar a alguien, pero, en vez de una víctima tendida en el suelo, vieron a un hombre y una mujer que, de pie y cara a cara, se miraban con sorpresa. El hombre parecía un excelente patriota, y la mujer, no era posible equivocarse, era inglesa. Las palabras vehementes que el chasco inspiró a los parroquianos de Bruto les habrían sonado a hebreo o caldeo a la señorita Pross y a su escudero aun cuando hubieran prestado oídos, pero ni uno ni otro oían ni veían nada, porque su asombro era máximo.

—¿Qué pasa? —dijo en inglés y en voz baja el hombre que causaba su asombro.

—¡Querido Solomon! —exclamó la señorita Pross—. ¡Encontrarte aquí después de tanto tiempo sin tener noticias tuyas!

—¿Deseas mi muerte? —dijo el hombre con terror.

—Hermano mío —repuso la anciana, prorrumpiendo en llanto—, ¿merezco acaso que me hagas semejante pregunta?


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