Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Y el de vuestro compañero solo tenĂa una sĂlaba. Os conozco; servĂais de espĂa y de testigo falso en el tribunal. En nombre del espĂritu de la mentira, vuestro padre, ÂżcĂłmo diablos os llamaban entonces?
—Barsad —dijo un individuo, acercándose al grupo.
—¡Barsad… sĂ, sĂ! ¡Barsad! —exclamĂł Jerry—. Ese es el nombre que buscaba.
El individuo que lo habĂa pronunciado era el señor Carton.
Estaba al lado de Jerry con las manos debajo del gabán y cruzadas en la espalda, con tanta indolencia como en otro tiempo en Old Bailey.
—No os asustĂ©is, señorita Pross. LleguĂ© ayer tarde con gran sorpresa del señor Lorry, y convinimos en que no me presentarĂa en parte alguna, a no ser en un caso indispensable. Si me he acercado ahora a saludaros es porque necesito hablar con vuestro hermano. Siento, señorita Pross, que no tenga otro empleo que el de «carnero» de los presos.
Se designaba asĂ, y el apodo se ha perpetuado, a los individuos encargados en aquella Ă©poca del espionaje de las cárceles.
John Barsad se puso pálido como un cadáver y balbuceó:
—¿Cómo… os atrevéis…?