Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El juego que tenía Barsad era muy pobre, más pobre de lo que se imaginaba Carton, pues este no conocía todas las cartas falsas de su adversario. Destituido del honorífico cargo que desempeñaba en Londres por haber sufrido demasiados percances en materia de falsos testimonios (los motivos que tiene Gran Bretaña para vanagloriarse de la superioridad de sus espías son de fecha reciente), había cruzado el Canal para entrar al servicio de Francia. Empleado al principio por sus compatriotas, había llegado a ser gradualmente espía y agente provocador de los mismos franceses. El gobierno caído lo había destinado al barrio de Saint Antoine y lo había enviado a la taberna de los Defarge; la policía le había proporcionado datos sobre el doctor Manette para que pudiera granjearse el aprecio del tabernero y de su mujer, a quien había intentado sonsacar sin el menor éxito. Se estremecía al recordar que aquella mujer implacable no había dejado de hacer punto en su presencia mientras lo miraba con expresión siniestra, porque posteriormente la había visto muchas veces sacar su faja tejida en la sección de Saint Antoine y leer en sus dibujos la acusación de los individuos entregados a la guillotina. Sabía, como todos los de su calaña, que era imposible la fuga, que estaba encadenado al cadalso, y que, a pesar de su adhesión al nuevo régimen, bastaría una sola palabra para hacer rodar su cabeza. Una vez denunciado, veía a madame Defarge, cuyo carácter conocía, desplegar su fatal registro y descargarle el último golpe. Todos los espías se asustan fácilmente, pero cabe reconocer que había en las cartas de Barsad una aglomeración muy siniestra de puntos de un mismo palo y eso era un buen motivo de terror para el que las jugaba.


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