Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Me parece que no estáis muy contento con vuestro juego —dijo Sydney con calma.
—Caballero —dijo el espÃa, volviéndose al señor Lorry con expresión rastrera—, apelo a vuestra edad y a vuestro carácter generoso para suplicaros que preguntéis a este joven, que estoy seguro de que os escuchará, si cree poder jugar el as del que me hablaba hace un momento. Confieso que soy un espÃa, y convengo en que es un empleo poco honorÃfico (sin embargo, alguien lo ha de desempeñar), pero este caballero es demasiado honorable para dedicarse a semejante oficio.
—John Barsad —dijo Carton, encargándose de la respuesta y sacando el reloj—, voy a jugar el as dentro de cinco minutos y lo haré sin escrúpulo.
—HabrÃa confiado, señores —repuso Barsad, esforzándose en atraer al señor Lorry a la discusión—, en que por consideración a mi hermana…
—Creo que de ningún modo puedo demostrarle mejor el interés que me inspira que librándola de su hermano —dijo Sydney, interrumpiéndolo.
—No pensáis lo que decÃs, caballero.
—Estoy decidido.
El espÃa, cuya humildad contrastaba vivamente con el traje que llevaba y sin duda con sus maneras habituales, quedó tan desconcertado al ver la formalidad de su adversario que balbuceó dos o tres palabras ininteligibles y fue incapaz de terminar la frase.