Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Señor —dijo Cruncher con voz contrita—, permitid que espere que un caballero, cuyas órdenes he tenido el honor de ejecutar tantos años, se lo piense dos veces antes de perjudicar a un pobre que ha encanecido a su servicio. Aun cuando fuera cierto, no quiero decir que lo sea, pero suponiendo que lo fuese, no serÃa toda la culpa mÃa, pues también cabe extenderla a los señores médicos que se embolsan sus guineas en un negocio en el que un pobre hombre apenas recoge ochavos…, qué ochavos, ¡la mitad de un ochavo!; que van a colocar sus fondos en la Banca Tellsone y al pasar por la puerta guiñan el ojo al pobre hombre que está en el umbral para indicarle que necesitan lo que vos sabéis y yo no diré. Ellos suben en sus coches después de engañar a la Banca, y son respetados y bien vistos. Además, también está de por medio mi mujer, que invoca al cielo para que se oponga a mi negocio, hasta el punto de que es una ruina, una verdadera ruina. Las mujeres de los médicos no rezan jamás contra la clientela, pues por el contrario, si imploran al Señor, es para que procure enfermos a sus maridos. Y, además, ¿cómo podrÃan curar estos a los vivos si no tuvieran muertos? Son culpables también los conductores de los coches fúnebres, los sacristanes y los enterradores, gente atrevida que mangonea en el negocio, y os aseguro que el pobre hombre no se ganarÃa la vida, ni aun suponiendo que fuese cierto lo que decÃs. Lo poco que ha ganado no le ha servido, por otra parte, de mucho; está muy lejos de ser rico, y con gusto abandonarÃa ese tráfico si pudiera ganarse el pan de otro modo, suponiendo que fuese cierto lo que pensáis.