Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Pasó ante sus ojos y desapareció un barco con una vela del color de una hoja marchita. La oración que en esos momentos se elevaba en su corazón para implorar a Dios que tuviese piedad de sus faltas terminaba con estas palabras: «Soy la resurrección y la vida».
El señor Lorry había salido ya cuando Sydney volvió a su casa. Era difícil adivinar adónde había ido aquel amigo excelente. Sydney tomó una taza de café, comió un poco de pan, se cambió de traje y se dirigió al tribunal.
Reinaba en la sala un gran tumulto cuando el espía le hizo entrar por el ángulo más oscuro y pronto se confundió entre la multitud. El señor Lorry y el doctor estaban en primera fila, y Lucie al lado de su padre.
Cuando entró Darnay, la joven le dirigió una mirada tan llena de valor y cariño que la sangre generosa animó el rostro del acusado y vivificó su corazón. Si alguien hubiera podido observarlo, habría visto que la mirada de la joven ejercía también en Carton la misma influencia.
Ante aquel tribunal excepcional ninguna forma de procedimiento garantizaba el derecho de defensa. Si en otro tiempo no se hubiera hecho un abuso tan monstruoso de las formalidades y de las leyes, la justicia revolucionaria no habría sido tan suicida como para desmenuzarlas y lanzarlas al viento.