Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Estas últimas palabras fueron pronunciadas con tono imperioso.
Los dos hermanos se habÃan colocado de tal modo que me era imposible huir; llevaban además armas, y yo no tenÃa ninguna.
—Señores —les dije—, perdonad que os diga que acostumbro a preguntar quién me hace el honor de pedir mis servicios y cuál es la clase de enfermedad que necesita mis cuidados.
—Doctor —me respondieron—, los que os llaman son personas distinguidas, y, en cuanto a la enfermedad que reclama vuestro auxilio, cuando veáis al enfermo, vuestra ciencia la juzgará mucho mejor que nosotros podrÃamos explicarla. Pero dejémonos de rodeos: tened la bondad de subir.
Me vi obligado a ceder y obedecà en silencio. Los dos hombres subieron después, la portezuela se cerró y los caballos partieron a escape.
Repito esta conversación exactamente tal como fue. No tengo la menor duda de que es, palabra por palabra, la misma. Lo describo todo exactamente como ocurrió, intentando severamente no apartarme de este propósito. Cuando escribo los puntos suspensivos que aquà siguen, es que me he visto obligado a suspender mi narración y a ocultar el papel en el escondite de la pared…