Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El Hambre se veía en todas partes: en los harapos tendidos en las cuerdas y ondeando en los palos que salían de cada ventana, en la paja, en los trapos y en los jergones donde dormía toda una familia. El Hambre repetía su nombre en cada brizna de serrín que arrojaba el aserrador, contemplaba a los transeúntes desde lo alto de las chimeneas frías y sin humo, y surgía del lodazal de la calle, entre cuyas inmundicias no se encontraba un solo resto de algo comestible. El Hambre se exhibía en la mesa del panadero y en cada pan moreno de su hornada escasa, se veía en el queso y en las morcillas de perro muerto que vendía el carnicero, y se oían crujir sus huesos descarnados entre las castañas tostadas en las ascuas, y en las pocas gotas de aceite depositadas en el fondo de la sartén donde chisporroteaban delgadas rebanadas de patata.