Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El Hambre se hospedaba en todos los repliegues de aquella calle tortuosa, llena de ofensa y porquerÃa, y que desembocaba en otras calles, igualmente tortuosas, sucias y hediondas, pobladas de gorros de algodón y de harapos mugrientos, y en las que cada objeto visible, pálido, enfermizo o sórdido, parecÃa un presagio de desgracia. Se adivinaba, en aquellas fisonomÃas de animal acosado sin reposo ni tregua, que la fiera rabiosa se revolverÃa para atacar y devorar. Entre aquellos espectros abatidos que huÃan con gesto despavorido, se encontraban ojos que brillaban con fulgor siniestro, labios apretados, pálidos de rabia, y frentes contraÃdas cuyas arrugas torcidas y nudosas parecÃan cuerdas en recuerdo de la horca que podÃan sufrir y tal vez imponer. Se veÃa la imagen del Hambre en los rótulos de las tiendas, en los flacos pedazos de carne pintados sobre la puerta del carnicero, en la sombra de pan seco y negro que indicaba la panaderÃa, en los bebedores que, estacionados en la puerta de la taberna, hacÃan viajes sobre sus vasos llenos de vinillo agrio, y que con miradas de fuego se inclinaban unos hacia otros para hacerse confidencias. Todo lo que se ofrecÃa a la vista era débil y pobre, a excepción de los instrumentos de trabajo y las armas. El filo de las cuchillas y de las hachas estaba brillante y afilado, los martillos del herrero eran pesados, y abundantes las escopetas y pistolas en la tienda del armero. La vÃa pública no tenÃa aceras, y el empedrado desigual, con sus márgenes de lodo y agua cenagosa, llegaba hasta las paredes. Por el contrario, el arroyo corrÃa en medio de la calle, cuando corrÃa, lo cual no sucedÃa sino después de un chubasco, cuando, tomando proporciones excéntricas, inundaba los pisos bajos y las bodegas. Encima del arroyo y a lo largo de la calle pendÃan de trecho en trecho toscos faroles atados a una cuerda, y por la noche, cuando el encargado de encenderlos los habÃa bajado y subido, cierto número de luces ahumadas se balanceaban sobre las cabezas de un modo enfermizo, como si estuvieran sobre el agua. Es verdad que se agitaban sobre un mar borrascoso y que la nave y la tripulación estaban amenazadas por la tempestad.