Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades HabrÃa de llegar un dÃa en que los espantajos descarnados que poblaban aquella región, después de tanto tiempo contemplando en su ociosidad y en su hambre al que encendÃa los faroles, pensarÃan en servirse de sus cuerdas y poleas para colgar hombres en vez de faroles y alumbrar con luz más viva las tinieblas de su espantosa situación. Pero ese dÃa estaba aún muy lejano, y los vientos que pasaban sobre Francia sacudÃan en vano los jirones de estos espantajos, y las aves de voz dulce y rico plumaje no veÃan en ellos ningún aviso.
La tienda del tabernero, en cuyo umbral se habÃa roto el tonel, ocupaba la esquina de la calle y parecÃa menos pobre que la mayor parte de sus vecinas. En la puerta se veÃa al tabernero, que, vestido con unos calzones verdes y un chaleco amarillo, habÃa observado a la turba mientras se disputaba el vino derramado.
—¿Y a mà qué más me da? —dijo, encogiéndose de hombros cuando hubieron enjugado la última gota—. Quien rompe el vidrio lo paga; los que han causado la desgracia me darán otro tonel. ¡Gaspar! —gritó, dirigiéndose al hombre que escribÃa la palabra «sangre» en la pared—, ¿qué haces?