Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Era una mujer tan hermosa como joven, pues apenas tendría unos veinte años. Sus cabellos estaban despeinados, y sus brazos atados con fuerza al cuerpo por medio de una faja de seda y de varios pañuelos de bolsillo, salidos indudablemente del guardarropa de un noble, porque en una de las puntas de la faja se veía bordado un escudo de armas con una corona de marqués.

Estoy seguro de ello; en el momento de acercarme a la cama, la desgraciada mujer se retorcía convulsivamente, llegó a coger la punta de la faja con los dientes, y se habría ahogado de no haberle yo quitado la tela de la boca. Entonces vi las armas y la letra E que formaban la marca.

Después de acostar con tiento a la enferma de espaldas, apoyé mi mano en su pecho para que no se moviera de la postura en que la había dejado y le examiné la cara. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos y, en medio de los agudos gritos que salían de sus labios, distinguí estas palabras que pronunciaba con desesperación:

—¡Marido mío! ¡Padre mío! ¡Hermano mío!

Después contaba hasta doce, decía luego: «¡Chist!», y tras un instante de silencio volvía a gritar, y repetía las mismas palabras con el mismo orden, igual entonación, los mismos gritos y la misma mirada.

—¿Hace mucho tiempo que se encuentra en este estado? —pregunté.


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