Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Sabéis —prosiguió el aldeano— que los nobles tienen derecho para uncirnos a un carro y obligarnos a arrastrarlo, y a obligarnos a pasar la noche agitando sus estanques para impedir que las ranas turben su sueño. Estos se aprovecharon de su derecho para enviar al marido al que querÃan someter a la orilla de un estanque desde la noche hasta la mañana y para uncirlo desde la mañana hasta la noche. ¡Pero él no cedió… no! Un dÃa le quitaron el yugo para que fuera a comer, si es que algo de pan tenÃa; aquel dÃa sollozó doce veces mientras el reloj daba las doce del dÃa y murió en brazos de su mujer.
Como el deseo de hacer públicos los crÃmenes de sus enemigos era lo único que podÃa contener su último aliento, ahuyentó las sombras de la muerte que se acumulaban sobre su rostro y obligó a su mano derecha a cerrar la herida.