Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Entonces, con permiso de ese hombre que lo ayudó —continuó el aldeano—, su hermano raptó a mi hermana sin hacer caso de sus lamentos. QuerÃa divertirse con ella algunos dÃas. Pasó por mi lado cuando yo me encontraba en el camino, y cuando anuncié esta noticia en casa estalló el corazón de mi padre. Nadie sabrá jamás sus sinsabores. Conduje a mi hermana menor, porque tenÃa otra, a un sitio donde este hombre no pudiera descubrirla y donde al menos no serÃa su amo, y corriendo después en persecución de su hermano, entré en esta casa. El rústico, el perro, tenÃa un arma. ¿Dónde estará mi pobre hermana?, me decÃa. Y me acerqué a una ventana y la llamé. Mi hermana me oyó y vino. Entonces vino también él, y me arrojó el bolsillo, que no recogÃ. Al ver que lo despreciaba, cogió un látigo; pero, aunque yo solo era un campesino, lo obligué a sacar la espada. Que la rompa en tantos pedazos como quiera porque está teñida de mi miserable sangre, pero eso no le hará olvidar que tuvo que desplegar toda su destreza para defender su vida.
Yo acababa de ver los pedazos de una espada que habÃan arrojado en el heno y un sable viejo que habÃa pertenecido a algún soldado.
—Levantadme, doctor, levantadme; ¿dónde está?
—Acaba de salir —respondÃ, suponiendo que hablaba del raptor.