Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO XI PENUMBRA

Lucie agachó la cabeza al oír la sentencia, como herida de un golpe mortal, pero no expresó la menor queja, y la voz interior que le decía que sostuviera a su marido en aquella última prueba tuvo tanta fuerza que volvió a alzar inmediatamente la mirada para consolarlo.

Los miembros del tribunal, que tenían que tomar parte en una demostración patriótica, aplazaron para el día siguiente las causas que quedaban pendientes de fallo y la multitud salió con algazara y griterío. Lucie, cuando se quedó sola delante del estrado de los acusados, tendió los brazos a su marido, levantando hacia él sus ojos llenos de amor.

—¡Si pudiera abrazarlo por última vez! —exclamó—. ¡Tened piedad de nosotros, buenos ciudadanos!

Solo quedaban en la sala el carcelero, John Barsad y los cuatro hombres que el día anterior habían ido a prender a Charles Darnay.

—Concedámosle lo que desea —dijo el espía—, será cosa de un momento.

Los demás hicieron un gesto afirmativo, ayudaron a la joven a saltar sobre los bancos del pretorio y la condujeron a un sitio donde el reo pudo estrecharla en sus brazos.


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