Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Se hace de noche a las cuatro: de modo que, si voy a casa del señor Lorry entre las ocho y las nueve, sabré lo que habéis conseguido, ya por vos mismo, ya por conducto de nuestro amigo.
—Es probable.
—¡Ojalá la muerte os favorezca!
El señor Lorry acompañó a Sydney hasta la puerta, y le dijo poniéndole la mano en el hombro:
—Ya no tengo esperanzas.
—Ni yo tampoco.
—Suponiendo que los magistrados y los jueces de la municipalidad le sean favorables, lo cual es una suposición gratuita, porque ¿qué es para ellos la vida de un hombre?, no creo que tengan valor para salvarlo después de los aplausos con que la multitud ha recibido la sentencia.
—Soy de la misma opinión. Me ha parecido oÃr la caÃda de la cuchilla en sus aclamaciones.
El señor Lorry se apoyó en la aldaba de la puerta.
—No os dejéis abatir —dijo Carton con dulzura—; he animado al doctor Manette a dar esos pasos porque eso será un consuelo para su hija. Si se declarase vencido, Lucie dirÃa que no se ha hecho ningún esfuerzo para salvarlo y esta convicción turbarÃa tal vez su reposo.