Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es cierto —murmuró el tabernero.
—Di pues al viento y a las llamas dónde parar, pero no me lo digas a mí —repuso su mujer.
Nadie habría necesitado verla para saber cuán pálida estaba. Jacques tercero y la Venganza experimentaban una horrible satisfacción al descubrir el origen mortal de su odio y la felicitaron con entusiasmo. Defarge, en débil minoría, invocó la memoria de la marquesa, recordó sus intenciones generosas, pero no consiguió sino que su mujer repitiera estas palabras:
—Di al viento y a las llamas dónde parar, pero no a mí.
Entraron varias personas y el grupo se dispersó. Carton pagó lo que había tomado, contó con torpeza el dinero que le devolvían y suplicó a madame Defarge que le indicase el camino del Palacio Nacional. La tabernera lo acompañó hasta la puerta, le puso la mano izquierda sobre el brazo y le indicó con la derecha la dirección que debía tomar. Carton pensó entonces que sería una buena acción apoderarse del brazo que se apoyaba en el suyo, levantarlo y hundir un acero agudo en el pecho que lo sostenía, pero se marchó y desapareció en la oscuridad.