Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Madame Defarge, su mujer, estaba sentada junto al mostrador cuando entró en la tienda. Era una mujer corpulenta y alta, casi de la misma edad que su marido, y cuya mirada vigilante parecía no ver nada de cuanto pasaba a su alrededor. Una hermosa mano aunque abultada, llena de enormes anillos, un rostro impasible, facciones muy marcadas y una serenidad imperturbable la caracterizaban y cierto no sé qué hacía presagiar en ella que raras veces se engañaba en perjuicio suyo en las cuentas de que estaba encargada. Madame Defarge, que era muy friolera, estaba envuelta en una capa de pieles, y llevaba alrededor de la cabeza un pañuelo de colores chillones que, sin embargo, dejaba ver unos enormes pendientes de oro. Tenía a su lado la labor de punto, y acababa de dejarla para mondarse los dientes. Apoyado el codo derecho en la mano izquierda, la tabernera no hizo ningún movimiento, ni siquiera volvió la mirada, cuando entró su marido, pero tosió ligeramente sin cambiar de postura. Este ligero acceso de tos, unido a un movimiento imperceptible de sus cejas negras y pronunciadas, sugirió al marido la idea de ir a ver si habían entrado nuevos bebedores en la tienda en su ausencia, y, dirigiendo la mirada a un lado y a otro, la centró en un hombre de cierta edad y en una joven que estaban sentados en un rincón.