Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Hay mucho ruido en la calle? —preguntó por segunda vez el aya.
—¿Qué decÃs?
—No oigo nada.
—¡Se ha vuelto sorda en menos de una hora! —exclamó Cruncher con aire pensativo—. ¿Qué le habrá sucedido?
—Me parece —dijo la señorita Pross— que esa detonación es el último ruido que oiré en toda mi vida.
—¡Dios me bendiga! ¡Está loca! —dijo Cruncher, cada vez más turbado—. ¿Qué podrÃa decirle para devolverle el juicio? Escuchad, señorita, ¿oÃs el ruido que hacen esos carros?
—No oigo nada —respondió la señorita Pross—. ¡Oh! Un silencio de muerte ha seguido a esa detonación, y asà seguirá mientras viva.
—Si no oye el estruendo que hacen esos carros —dijo Cruncher—; me parece que, en efecto, no oirá nada más mientras viva.
La excelente aya no oÃa ya nada en el mundo.