Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Afortunadamente, su sombrero tenía un velo muy denso y era lo bastante fea para que nada pudiera desfigurarla. De no haber sido por esta circunstancia habría llamado indudablemente la atención, porque los dedos de su adversaria habían dejado huellas profundas en su rostro, llevaba el pelo despeinado y, aunque con mano trémula había tratado de poner en orden su traje, lo llevaba arrugado y roto de una manera capaz de comprometer a la señora más negligente.

Cuando llegó al puente arrojó al Sena la llave de la casa y se dirigió a la catedral. Como llegó allí unos minutos antes que su escolta, tuvo que esperar y empezó a pensar que tal vez habrían encontrado ya en el río la llave, que podía haber caído en una red de pescadores, que la habrían reconocido sin duda, que irían a la casa, abrirían la puerta, verían el cadáver y a ella la prenderían al salir de la ciudad, la meterían en prisión y la condenarían por asesinato. Combatiendo estas ideas delirantes la encontró Jerry. La hizo subir al coche y dijo al postillón que partiera.

—¿Hay mucho ruido en las calles? —preguntó la señorita Pross a su compañero de viaje.

—Como todos los días —respondió este, tan asombrado de la pregunta como del aspecto del aya.

—¿Qué decís?

En vano repitió Cruncher sus palabras y, como no conseguía hacerse oír, se lo dijo con un gesto.


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