Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Mientras la Venganza baja y se sienta llorando, los carros empiezan a vaciar su carga. Los ministros de la santa guillotina visten de riguroso uniforme y están listos. Se oye un golpe breve, y la cabeza es exhibida ante la multitud.
—¡Una! —exclaman las mujeres que hacen punto, levantando la cabeza.
El segundo carro ha dejado su carga y se aleja. Se acerca el tercero.
Se oye otro golpe.
—¡Dos! —cuentan las mujeres, sin dejar la labor.
El supuesto Evrémonde, que no ha soltado la mano de la joven, no le permite ver cómo trabaja la horrible máquina. La pobre criatura no deja de mirarlo y le da las gracias con gran afecto.
—De no haber sido por vos —le dice—, no habrÃa tenido valor. Soy tan débil que mi pobre corazón desfallece al menor temor, y nunca habrÃa podido elevar mi alma hacia Él, que murió para consolarnos. Vos me habéis sido enviado por el cielo, querido amigo.
—Lo mismo podrÃa deciros, hermana mÃa. Miradme, no volváis la mirada, no penséis en otra cosa.
—No pienso en nada si tengo mi mano en la vuestra, y cuando nos separemos, si van deprisa…
—Muy deprisa, hermana mÃa; no tengáis miedo.