Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Estaban en medio del grupo de víctimas que menguaba con rapidez, pero hablaban como si estuvieran solos. Con la mirada, la mano y el corazón unidos, aquellos dos hijos de la Madre Universal, tan diferentes y tan extraños el uno al otro, se encontraban en la oscura senda para volver juntos a descansar en su seno.

—¿Me permitís que os haga una pregunta, querido amigo? ¡Soy tan ignorante! Una cosa me inquieta…

—¿Qué es, hermana mía?

—Tengo una prima que desde muy niña perdió como yo a su padre y a su madre y a quien amo con todo mi corazón. Tiene quince años y está sirviendo en una casa de campo de Turena. La miseria nos obligó a separarnos. Ella no conoce mi desgracia porque no sé escribir y, aunque hubiera sabido, ¿para qué entristecerla? Pero desde que estamos aquí en el carro se me ha ocurrido una idea: si la República impide que los pobres se mueran de hambre, si las penalidades llegan a disminuir, mi prima podrá vivir muchos años.

—¿Y por qué os inquieta eso, querida hermana?

—¿Creéis —dijo, con los ojos llenos de lágrimas, con tierna resignación y con los labios trémulos—, creéis que se me hará largo el tiempo mientras la espere?

—Tranquilizaos, ángel de inocencia; en la otra vida no hay tiempo ni inquietudes.


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