Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¡Qué bueno sois consolándome así! ¡Soy tan ignorante! ¿Puedo abrazaros ahora? ¿Ha llegado el momento?

—Sí, pobre hermana mía.

Lo besa en los labios; él la besa también; solemnemente se bendicen uno al otro. Él le suelta la mano, y no tiembla; no hay sino en el rostro paciente de la muchacha una dulce y brillante firmeza. Pasa antes que él. Ya ha pasado.

—¡Veintidós! —cuentan las mujeres que hacen punto.

Se oye un murmullo de muchas voces, se ve un movimiento de todas las miradas y una ondulación de la multitud que se eleva, avanza, y después retrocede y se calma. Veintitrés.

Por la noche se decía en la ciudad que su rostro había sido el más sereno de todos los que se habían visto en el cadalso, y algunos añadían que tenía una expresión sublime y profética.

Una de las víctimas más notables del mismo verdugo —una mujer— había pedido algunos días antes al pie del mismo cadalso que le permitieran escribir los pensamientos que le inspiraba la muerte[38]. Si Carton hubiera expresado los suyos y hubiera sido profeta, habrían sido estos:


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