Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Nuestros amigos llegaron por fin al último escalón, donde descansaron por cuarta vez; desde allà una segunda escalera, más empinada y angosta, una verdadera escala de mano, conducÃa a la buhardilla. El tabernero, que iba delante, al lado del señor Lorry como si temiera las preguntas de la joven, se paró, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta que llevaba al hombro y sacó una llave.
—¿Está encerrado? —preguntó el señor Lorry con sorpresa.
—Ya lo veis —respondió monsieur Defarge.
—¿Creéis que es necesario?
—Indispensable.
—¿Por qué?
—Porque ha vivido mucho tiempo bajo cerrojos, y tendrÃa miedo, se matarÃa, harÃa algún disparate si encontrase la puerta abierta.
—¡Será posible! —exclamó el señor Lorry.
—Es cierto —respondió el tabernero con amargura—. ¡Qué mundo tan feliz ese en el que semejantes cosas no solo son posibles, sino que, como tantos otros hechos análogos, pasan todos los dÃas bajo la faz del cielo! Pero continuemos.
Este diálogo se habÃa desarrollado en voz baja y la joven no oyó nada. Sin embargo, su emoción era tan viva y tan profundo su terror que el señor Lorry creyó que debÃa dirigirle algunas palabras.