Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades 
Mientras volvía a aparecer la inteligencia en su rostro, pareció reconocer su misma expresión en la de la joven, y volviéndola para que le diese de lleno la luz, la contempló con atención murmurando estas palabras como si hablase para sí:
—Había apoyado su cabeza en uno de mis hombros… Era de noche… Me habían citado… Ella tenía miedo y no quería que saliese de casa, pero yo nada temía. Cuando me llevaron a la Torre Norte, me los encontraron en la manga. «¿Queréis dejármelos? No me ayudarán a huir en cuerpo, pero tal vez sí en espíritu.» Esto les dije; me acuerdo muy bien.
Había articulado con los labios y con diferentes interrupciones cada una de las palabras antes de pronunciarlas de una manera perceptible, pero, después de conseguir que se oyeran, las repetía con inteligencia aunque con extrema lentitud.
—¿Cómo es posible esto? ¿Eres acaso tú?
Los dos espectadores volvieron a acercarse aterrados por el tono con que dijo estas palabras y por el movimiento rápido que las acompañó, pero la joven les indicó con un ademán que no se moviesen de su sitio.
—Os suplico, señores, que no digáis nada; dejadnos.
—¡Oíd!… —exclamó el pobre loco—. ¿Qué voz es esa?