Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No.
—Pues ¿quién sois?
No atreviéndose a confiar en su voz, fue a sentarse al lado del zapatero en el banco que le servía de asiento y de mesa. El anciano quiso retroceder, pero ella le puso la mano en el brazo. Al sentir este contacto se estremeció todo su cuerpo, dejó el instrumento y miró a la joven.
Los dorados cabellos de su hija formaban ricos racimos de largos bucles sedosos. El anciano levantó la mano, la acercó poco a poco, cogió uno de los rubios bucles y lo contempló unos momentos; pero mientras lo tenía en la mano volvió a abismarse y, exhalando un profundo suspiro, se puso a trabajar.
Pero no trabajó mucho tiempo. Después de haber dirigido dos o tres veces una mirada incierta a la joven para asegurarse de que aún estaba a su lado, interrumpió su tarea, se llevó la mano al pecho y sacó un cordón ennegrecido del cual pendía un trapo doblado que abrió cuidadosamente sobre su rodilla. Dentro del trapo había dos largos cabellos de un rubio dorado que en otro tiempo se había enrollado en el dedo. Volvió a tocar uno de los bucles de su hija, acercó los cabellos que guardaba para compararlos y los miró con atención.
—Son los mismos —dijo—. ¿Cómo es posible? ¿Quién me los dio? ¿De qué manera han llegado a mis manos?