Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Sí. Creí al principio que no podría, pero estoy seguro de haber visto por un momento a una persona que conocí en otro tiempo… ¡Chist! Retrocedamos un poco… ¡Silencio!

Su hija se había acercado lentamente al banquillo, y le puso la mano en el hombro, pero el anciano, que ni siquiera sabía que existiese, no sospechaba su presencia, e inclinado sobre el zapato, trabajaba activamente. No dijo una sola palabra, no exhaló un sonido. Ella estaba de pie a su lado como un ángel bueno. El pobre loco, con la mirada fija en su obra, se había olvidado de que no estaba solo. Llegó, sin embargo, un momento en que necesitó el trinchete, que estaba a sus pies. Lo cogió y, cuando iba a servirse de él, vio un vestido de mujer, alzó los ojos y vio a la joven.

El señor Lorry y el tabernero se acercaron temiendo que la hiriera con el instrumento, pero ella no tenía miedo y los apartó con un gesto.

El antiguo preso la miró con terror, sus labios se agitaron sin producir sonido alguno, y a través de su respiración trabajosa pudo articular estas palabras:

—¿Quién… es?

La joven, con el rostro bañado en lágrimas, se llevó la mano a los labios, le envió un beso y cruzó las manos sobre el pecho como si hubiera estrechado sobre su corazón la canosa cabeza del cautivo.

—¿Sois la hija del carcelero? —le dijo.


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