Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

—Doctor Manette —continuó este, poniendo la mano sobre el brazo de Defarge—, ¿no os despierta este nombre ningún recuerdo? Miradlo bien, miradme a mí. Decidme. Un antiguo banquero… Un antiguo criado… antiguos negocios… todo un pasado, ¿no se forma hoy nuevamente en vuestra memoria?

Mientras los ojos del zapatero iban alternativamente de su antiguo amigo al tabernero, algunos indicios de inteligencia traspasaron la nube que cubría su entendimiento y volvieron a aparecer por un momento en los pliegues de su frente pálida; pero muy pronto se ofuscaron. Sin embargo, tan semejante era la expresión de la joven que en un principio no solo estaba asustada y terriblemente enternecida, sino dispuesta a apartarse de él y no verlo más, pero que ahora tendía sus trémulos brazos con impaciencia para que apoyara su rostro espectral en su seno joven y cálido, para devolverlo con su amor a la vida y a la esperanza… tan semejante era la expresión (aunque con rasgos más acentuados) de su rostro juvenil que parecía haber pasado del uno a la otra como una luz cambiante.

El anciano miró a Defarge y al señor Lorry con actitud cada vez más distraída, exhaló un largo suspiro, recogió el zapato y se puso a trabajar.

—¿Habéis conocido a este caballero? —le preguntó Defarge en voz baja.


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