Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Si reconocéis en mi voz —prosiguió ella— la voz que amasteis un dÃa, dejad que corran vuestras lágrimas… Si al tocar mis cabellos recordáis la cabeza querida que en vos se apoyaba cuando erais libre, llorad, padre mÃo; si al hablar de los cuidados que os prodigará mi amor, despierto en vuestra alma el recuerdo del hogar donde tanto se lamentó vuestra ausencia… ¡llorad… llorad! —Y lo estrechó contra su pecho y lo meció como a un niño—. Padre… querido padre mÃo, si al decir que he venido a buscaros para daros reposo, os hago pensar en vuestra vida, que podÃa ser tan útil y que se ha perdido en la inacción y el dolor; si al deciros que os llevo a Inglaterra os hago pensar en la Francia que tan cruel ha sido para vos, llorad… ¡llorad sin temor! He de hablaros de la que ya no existe, he de deciros que me arrodillo ante mi padre para que me perdone mi vida feliz y tranquila… para que perdonéis que no haya pensado dÃa y noche en sus tormentos y en cómo ponerlo en libertad. Llorad sobre ella, llorad sobre mÃ… Amigos mÃos, acabo de sentir sus lágrimas sagradas. —Y la hija del pobre anciano sollozaba—. ¡Dios mÃo, bendito seáis! ¡Bendito seáis!
Y el anciano, con la cabeza apoyada en el corazón de su hija, se abandonaba a los dos brazos que lo rodeaban. Era un espectáculo tan tierno que Defarge y el inglés se cubrieron el rostro.