Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Es cierto que en aquella época la pena capital estaba de moda entre todos los comercios y profesiones, y no menos entre los señores Tellsone. La muerte es un remedio soberano que la naturaleza aplica a todos los seres. ¿Por qué no había de hacer lo mismo la ley? Resultaba de este principio que el que emitía billetes de banco falsos era condenado a muerte; que el que abría una carta que no era suya era condenado a muerte; que el ladrón de dos guineas era condenado a muerte; que el que guardaba el caballo de un jinete a la puerta de la Banca Tellsone y huía con él era condenado a muerte; que el que falsificaba una moneda de un chelín era condenado a muerte; que las tres cuartas partes de las notas que componen la escala del crimen eran condenadas a muerte. Y, sin embargo, este rigor no producía el menor efecto preventivo, pues por el contrario —y esto es digno de observarse— los crímenes eran más numerosos; pero el sistema tenía la ventaja de zanjar rápidamente la cuestión, de ahorrar a los magistrados el trabajo de estudiar las causas, y de eliminar la necesidad de ocuparse más de los individuos, más o menos importantes, que se despachaban al otro mundo. La Banca Tellsone, como todos los grandes centros de negocios de aquella época, se había llevado tantas vidas que, si todas las cabezas cortadas o estranguladas delante de sus paredes se hubieran puesto en fila en Temple Bar, es muy probable que hubieran obstruido la escasa luz que entraba en sus despachos.