La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Cogí el fragmento de periódico que me entregaba, y leí aquella noble historia con lentitud, porque mis ojos estaban tan oscurecidos por las lágrimas que apenas podía distinguir las letras. Mi congoja fue creciendo de tal modo que me vi obligada a suspender la lectura. Me sentía orgullosa de haber conocido al hombre que había desplegado tanto valor y abnegación, y me llenaban de intenso placer su fama y sus triunfos. Envidiaba la suerte de aquellas víctimas del naufragio que se habían arrodillado a sus pies para bendecirlo. Yo misma me sentía con ansias de hacer lo propio, de arrodillarme a sus pies en homenaje a su arrojo y noble comportamiento. Creí que nadie (madre, ni hermana, ni esposa) podía honrarlo más que yo. ¡Lo creí realmente!

La señorita Flite me regaló el periódico que había dejado a media lectura, y cuando se levantó, al anochecer, para regresar a Londres, se encontraba más que nunca bajo la impresión de aquel naufragio y me repetía todos sus detalles sin que yo llegara a cansarme de escucharla.

—Querida —me dijo doblando cuidadosamente su chal y envolviendo sus guantes—, no tendría nada de extraño que a estas horas hubiesen nombrado conde o barón a nuestro buen amigo. ¿Verdad que se lo merece?

—Se lo ha merecido, pero no se lo otorgarán.

—¿Por qué no, señorita Fitz? —me preguntó con cierta sorpresa.


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