La Casa lugubre
La Casa lugubre Una cosa me inquietaba, sin embargo, y pensé en ella largo rato antes de poder conciliar el sueño. Había conservado las flores que me enviara el señor Woodcourt y las tenía guardadas entre las páginas de uno de mis libros preferidos. Nadie lo sabía, ni siquiera Ada. Me preguntaba si tenía derecho a conservar esas flores, y deseaba sinceramente no tener que reprocharme nada respecto a él, ni siquiera en los repliegues más íntimos de mi corazón, que él nunca conocería, porque sabía que hubiera llegado a amarlo con una fidelidad sin límites. Al final, convine conmigo misma que podía conservar aquellas flores si las consideraba únicamente un recuerdo de un pasado que no volvería jamás. Supongo que estas reflexiones no parecerán frivolidades. ¡Las hacía con tanta seriedad!
Tuve cuidado de levantarme temprano a la mañana siguiente y de sentarme delante del espejo. En ese momento, Charley entró de puntillas en mi cuarto.
—¡Señorita! ¡Querida señorita! —exclamó estupefacta—. ¿Es usted?
—Sí, Charley —respondí con calma, terminando de peinarme—, me encuentro muy bien y muy contenta.