La Casa lugubre

La Casa lugubre

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No me habían cortado el cabello aunque había peligrado más de una vez, y lo tenía muy largo y muy espeso. Me lo solté y sacudí la cabeza para que se separasen mis rizos, me acerqué al espejo que había sobre el tocador. Una cortinilla de muselina cubría este espejo. La aparté, pero no vi nada a través del velo que formaba mi cabellera. Entonces, eché hacia atrás los cabellos y miré la imagen que reflejaba el espejo animada gracias a la serenidad de la mirada que respondía a la mía. Estaba completamente cambiada, tanto que en un principio no me reconocí y mi primer impulso fue huir ocultando mi rostro de no ser por la expresión tranquila y alentadora de la que hablé antes. Poco a poco me familiaricé con las facciones del espejo y examiné en toda su extensión el cambio mejor de lo que lo había hecho antes. No era lo que había creído. Pero, a decir verdad, no tenía una idea exacta sobre este punto, y debido a ello no fue excesiva mi sorpresa.

No había sido nunca lo que se llama una belleza, pero ¡qué diferente era antes de la enfermedad! Ahora todo había quedado atrás. Gracias a Dios las pocas lágrimas que vertí no fueron de amargura, y pude peinarme el cabello para la noche, alzando al cielo un corazón agradecido.



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