La Casa lugubre

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Deseando vivamente estar del todo restablecida y de buen humor antes de la llegada de Ada, maduré el proyecto de permanecer al aire libre todo el tiempo que me fuera posible, y organizamos nuestra vida para una larga temporada. Teníamos que salir antes del desayuno, y teníamos que comer pronto, y teníamos que salir de nuevo antes y después de comer, y teníamos que hablar en el jardín después del té, y teníamos que descansar entretanto, y teníamos que subir todas las colinas y explorar cada carretera, camino y campo de los alrededores. En cuanto a reconstituyentes y tonificantes manjares, la excelente mujer que servía de ama de llaves al señor Boythorn iba y venía, continuamente, trayendo algo que comer o beber. En cuanto se sabía que estaba descansando en los jardines, venía al trote cesta en mano con un sermón sobre lo importante que era, para una convaleciente, comer mucho y con frecuencia. Aparte tenía a mi disposición un poni de cabeza abultada, de abundantes crines que le caían sobre los ojos, pero fornido, y que tenía, cuando quería, un galope tan suave que era una verdadera delicia. Al cabo de algunos días, acudía a mi llamada, comía en mi mano, y me seguía por todas partes. Llegamos a comprendernos tan bien que, cuando trotaba con cierta pereza por alguna sombría alameda, bastaba decirle, dándole una palmada en el cuello: «Cabezudo, me sorprende que no vayas a medio galope cuando sabes lo mucho que me gusta. Y creo que podrías concedérmelo, porque te estás poniendo muy tonto y te estás durmiendo», para que sacudiese la cabeza de la manera más cómica y empezase a galopar mientras Charley, que se quedaba atrás, prorrumpía en una carcajada tan alegre que parecía música. No sé quién le había puesto a mi caballito el nombre de Cabezudo, pero le pertenecía por derecho propio tanto como sus espesas y largas crines. Un día lo enganchamos en un pequeño carruaje y lo condujimos alegremente por las verdes alamedas. Habíamos recorrido cinco millas de nuestra marcha cuando, en el momento en que lo estábamos poniendo por las nubes, pareció enfurecerse ante unos mosquitos molestos que revoloteaban en torno a sus orejas y se paró, de pronto, indeciso. Probablemente dedujo que era inútil correr y proseguir la marcha, pues no lo dejaban tranquilo, y se negó a seguir adelante. Le entregué las riendas a Charley y bajé para continuar el paseo. Entonces me siguió con la mansedumbre que lo caracterizaba, colocando la cabeza debajo de mi brazo, frotándose la oreja en mi manga. Era inútil por mi parte decir: «Ahora, Cabezudo, creo innegable, por lo que sé de ti, que avanzarás si te monto un ratito» porque, en el momento en que lo soltaba, se quedaba completamente inmóvil de nuevo. Fue necesario, pues, que me pusiese delante y lo condujera así a la casa, para gran diversión de todo el pueblo.


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