La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Charley y yo teníamos razones para considerar este el más agradable de los pueblos: al cabo de una semana la gente se alegraba tanto al vernos pasar, aunque fuese varias veces en el curso del día, que siempre había caras de bienvenida en cada casita. En nuestra primera visita había trabado conocimiento con muchas de aquellas buenas gentes y con la mayor parte de sus hijos, pero en ese momento hasta el campanario empezaba a familiarizarse conmigo y a tratarme con aire afectuoso. Entre mis nuevas amigas se encontraba una anciana que vivía en una casita encalada y cubierta de bálago, y tan pequeña que, cuando estaba abierta la ventana, sus contraventanas ocupaban toda la fachada. Esta anciana tenía un nieto que era marino, y yo le había escrito por ella, dibujando encima de la carta el rincón de la chimenea donde se había criado y en el cual ocupaba aún su antiguo puesto la sillita de cuando era pequeño. Toda la aldea acudió a ver mi dibujo como si fuera la más maravillosa de las obras maestras. Pero, cuando contestó el nieto desde Plymouth anunciando que se llevaría el dibujo a América, desde donde volvería a escribir, fui yo quien recogió todos los elogios que hubieran debido reservarse para la exactitud del servicio de la correspondencia, y todo el mérito del correo desapareció ante el mío.



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