La Casa lugubre
La Casa lugubre Asà pues, como permanecÃa fuera de casa la mayor parte del dÃa, jugaba con los niños, charlaba con unos y otros, le impartÃa lecciones a Charley y escribÃa regularmente a Ada, no tenÃa casi tiempo para pensar en mi pequeña pérdida y casi siempre estaba contenta. En los raros momentos en que pensaba en ello, no tenÃa más que mantenerme ocupada en algo para olvidarme. Un dÃa, sin embargo, me entristecà más de lo que debÃa. Un niño preguntó:
—Madre, ¿por qué no es la señora tan guapa como antes?
Esta pregunta me llenó de dolor, pero, cuando el pobre niño me pasó la mano por la cara con expresión de lástima, manifestándome más cariño que nunca, me sentà consolada. ¡Cuántas veces tuve ocasión de ver la delicadeza y la generosidad que hay en los buenos corazones para disimular las desgracias o defectos de los demás! Nunca me di tanta cuenta de esto como cierta mañana que me encontraba en la iglesia mientras se celebraba una boda. Terminada la ceremonia, presentaron el libro de la parroquia a los novios para que firmaran.