La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Comprendía que si hubiera estado destinada a morir, no viviría actualmente, no gozaría la suerte a la cual parecía, por el contrario, haberme destinado. ¡Cuántas circunstancias se habían reunido para contribuir a mi felicidad! Si las faltas de los padres recaen a veces sobre los hijos, era evidente que no me hallaba yo en semejante caso. Me sentía tan inocente de mi origen como una reina del suyo, y comprendía que Dios no me castigaría por la desgracia de mi nacimiento, así como no premia a una princesa por ser hija de reyes. Había aprendido, en la conmoción de aquel mismo día, que podía, incluso tan pronto, consolarme y reconciliarme con el cambio que había sufrido. Me reafirmé en mis buenas resoluciones, y pedí a Dios que me fortaleciese en ellas, y vaciando todo mi corazón en mi plegaria, sentí que mi tristeza se desvanecía, poco a poco. Nada turbó mi sueño, y al despertar al día siguiente, ni una sola nube oscurecía mis pensamientos.








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