La Casa lugubre
La Casa lugubre No empecé a darme cuenta claramente de lo injustificado y absurdo de mi terror hasta que me vi en mi cuarto y aún después de haber sufrido mil tormentos. Había encontrado, cuando regresé, una carta de Ada que me anunciaba su llegada para el día siguiente, y cada línea de aquella carta expresaba tanta alegría por volverme a ver que hubiera debido ser de piedra para no enternecerme. En el mismo sobre venían unas líneas de mi tutor en las que me rogaba que le dijese a la dama Durden, si la veía por casualidad, que faltaba de todo en la Casa lúgubre cuando ella no estaba, que reinaba el desorden en todas partes y ninguna la alegría, que nadie lograba hacerse con las llaves, que la casa no parecía la misma, y finalmente, que todo el mundo se lamentaba y hablaba de sublevarse, si no volvía pronto. Ambas cartas juntas me hicieron pensar cómo era amada más allá de mis soledades y lo feliz que debía de ser por ello. Recordé toda la historia de mi vida, desde mi infancia, y recobré, desde luego, la serenidad y la calma.