La Casa lugubre
La Casa lugubre DisponÃamos de más dos horas y confieso que durante ese tiempo, que me pareció mortalmente largo, experimenté una inquietud nerviosa, pensando en el aspecto de mi rostro. QuerÃa tanto a mi niña que estaba más preocupada por el efecto que pudiera tener sobre ella que sobre cualquier otro. No tenÃa esa ligera angustia porque me quejase en absoluto (estoy muy segura de que ese dÃa no lo hice), sino porque pensaba si estarÃa completamente preparada. Cuando me viese por primera vez, ¿no se quedarÃa un poco impresionada y decepcionada? ¿No serÃa un poco peor de lo que esperaba? ¿EsperarÃa ver a su antigua Esther y no encontrarla? ¿No tendrÃa que habituarse a mà y empezar todo de nuevo? Estas preguntas, y otras cien, se agolpaban en mi mente. Estaba muy segura de que verÃa inmediatamente en su franca mirada la impresión que experimentarÃa al verme. Pero ¿podÃa responder de la que sentirÃa yo? En todo caso, la expectación y la inacción exacerbaban el estado nervioso en que me sumÃa esta inquietud, y resolvà salir al encuentro del coche.
Asà que le dije a Charley:
—Charley, me voy por la carretera hasta que me la encuentre.
Como Charley aprobaba absolutamente todo lo que me complaciese, me fui y la dejé en casa.