La Casa lugubre
La Casa lugubre Pero no había andado hasta el segundo mojón cuando sentí tales palpitaciones a cada torbellino de polvo que se vislumbraba en la distancia (aunque sabía que no era, que no podía ser ya la diligencia) que decidí dar media vuelta y volver a casa. Y cuando lo hice, tuve tanto miedo de que la diligencia llegase entonces (aunque aun así sabía que ni lo haría ni podría hacer tal cosa) que eché a correr una gran parte del camino para evitar que me adelantase.
Estaba tan acalorada que parecía que tenía fuego en la cara. ¡Magnífico medio, por cierto, para parecer menos desfigurada! Al final, creía que faltaba aún un cuarto de hora para la llegada de los viajeros cuando oí a Charley que gritaba:
—¡Ya viene! ¡Ya está aquí, señorita!
Pero en vez de ir a la puerta, subí corriendo a mi cuarto y me escondí detrás de la puerta, donde permanecí temblando mientras Ada subía la escalera, diciendo:
—¿Dónde estás, Esther? ¿Dónde estás, mujercita, querida dama Durden?
Entró corriendo y, cuando iba a salir de nuevo, me vio. ¡Ay, mi ángel! Mi amiga me miraba con todo el amor, el cariño, el afecto de siempre. No había nada más en ella…, no, nada, ¡nada!