La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Me disgustó la manera en que hablaba de mi tutor y se lo hice observar.

—Muy bien, muy bien, querida —me dijo Richard—. Aplacemos eso para mañana. Quiero aparecer tranquilamente en tu casa de campo, agarrado de tu brazo, querida Esther, y vamos a sorprender a mi amable prima, a no ser que su fidelidad a las órdenes del señor Jarndyce le prohíba introducirme en la casa en la que vive usted.

—Sabe usted muy bien —dije—, Richard, que sería recibido como un hijo en la suya, que sería la de usted si usted quisiera. Lo recibiremos en todas partes con el mayor placer.

—Eso es hablar como una mujer ejemplar —dijo Richard de buen talante.

Le pregunté qué le parecía su profesión.

—Pues me gusta bastante —contestó—. Es una carrera como cualquier otra, sobre todo mientras espero muy distinta posición. No digo que no la deje cuando queden arreglados mis asuntos. Venderé entonces mi plaza de oficial… Pero no hablemos de eso hoy.

¡Tan joven y tan apuesto! El reverso de la moneda, en todo, de la señorita Flite. Y sin embargo, descubría en sus ojos la mirada inquieta y sombría que tenía la pobre loca cuando hablaba de su pleito.

—Estoy en la capital de permiso —prosiguió Richard.

—¿De permiso?


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