La Casa lugubre
La Casa lugubre Y estaba tan sinceramente cariñoso y emocionado que ante esa primera sorpresa y el placer de su saludo fraternal apenas tuve aliento para decirle que Ada estaba bien.
—Anticipándote a mi mismo pensamiento, ¡siempre el mismo encanto de chica! —dijo Richard, conduciéndome hacia una silla y sentándose junto a mÃ.
Me levanté el velo, no del todo, y repitió como antes:
—¡Siempre la misma!
Me levanté el velo del todo, y dejé mi mano sobre la manga de Richard y, mirándole a los ojos, le dije, entonces, cuánto me alegraba también de verlo, porque tenÃa que hablarle de cosas muy serias.
—¡MagnÃfico! —contestó—. Yo también tengo mucho que decir y necesito explicarme para ser comprendido.
—Precisamente —le dije negando con la cabeza— deseaba verlo para hablarle de una persona a quien parece no corresponder.
—Te debes de referir a John Jarndyce —apuntó Richard.
—Justamente.
—Tanto mejor, porque yo también quiero hablarle de él, pero únicamente a usted, querida amiga, a usted sola, ¿entiende? Puesto que no tengo que dar cuentas a nadie. Y mucho menos al señor Jarndyce.