La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El señor Grubble me esperaba en la puerta de la taberna, en mangas de camisa. Se quitó el sombrero, cuando me vio llegar, con ambas manos como si fuera una vasija de hierro (tan pesado parecía) y me condujo por un pasillo enarenado al más elegante de sus dos salones: una habitación muy limpia con una gran alfombra, adornado con diversas plantas, una litografía que representaba a la reina Carolina, varias conchas, numerosas bandejas de té, dos pescados disecados bajo globos de cristal, y un curioso huevo o quizá una curiosa calabaza (no sé lo que era, y dudo que mucha gente lo supiera) colgando del techo. Conocía mucho de vista al señor Grubble, que se pasaba a menudo el tiempo en la puerta. Era un hombre de mediana edad, robusto y de buen aspecto que no se hubiera sentado a gusto junto al hogar sin su sombrero y sus botas, pero que no llevaba prenda alguna sobre la camisa, y solo se ponía una chaqueta para ir a la iglesia.

Despabiló la luz, dio un paso atrás para juzgar el resultado de aquella operación, y salió de la habitación cuando iba a preguntarle quién era la persona que deseaba hablarme.

Un momento después, oí varias voces que me eran familiares, se abrió la puerta y, para mi sorpresa, Richard entró precipitadamente en la sala.

—¡Querida Esther! —me dijo—. Mi mejor amiga, ¡cuánto placer tengo en verla! ¡Siempre la misma!


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